LA movilización de la opinión pública, la creciente concienciación de los conductores, gracias a las repetidas campañas, y una ofensiva de reformas legales que van desde el carné por puntos a las sanciones penales están consiguiendo que España ponga cierto freno a la sangría mortal que suponen los accidentes de tráfico. Hay que felicitarse por ello, pero sin dormirse en los laureles. Ayer, el Día Mundial en Recuerdo de las Víctimas de Accidentes de Tráfico, que sacó a la calle a cientos de personas convocadas por Stop Accidentes, trajo de nuevo a la conciencia de todos la persistencia de una realidad que sigue provocando dolorosas tragedias personales y familiares y un enorme coste social y económico. Hay, pues, que perseverar en lo que se está haciendo bien; pero, sobre todo, es necesario reconocer y corregir lo que continúa estando mal, porque la oportunidad de salvar aunque sea una vida no debe dejarse nunca pasar de largo. Y el deficiente mantenimiento de algunas carreteras y su capacidad inadecuada para la circulación que soportan son todavía factores responsables de muchas muertes. En Aragón, el tramo entre Mallén y Figueruelas de la N-232 y el de Fraga a Alfajarín en la N-II se encuentran en un estado insostenible. Es difícil de comprender el retraso en su desdoblamiento, pero todavía resulta más frustrante que el Ministerio de Fomento rechace o demore la mejora que supondría la liberación de peaje de los tramos paralelos de autopista. Para colmo, como hoy publica HERALDO, Fomento hace oídos sordos a los repetidos informes de la Guardia Civil de Tráfico que alertan de graves deficiencias en la señalización y el estado del firme en aquel segmento de la N-II, que, da vergüenza recordarlo, es la vía que une Madrid y Barcelona, las dos primeras ciudades de España. Tan continuada desidia y tan manifiesto desinterés no pueden continuar. Constituyen una afrenta y una temeridad.